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Geriatría en Madrid


José Manuel Ribera Casado, Catedrático Emérito de Geriatría de la Universidad Complutense de Madrid



Geriatría en Madrid
Comentaba yo en la columna anterior la necesidad de ubicar unidades geriátricas de agudos en los grandes hospitales de nuestra geografía. Recogía los argumentos más importantes para ello. Básicamente dos, los beneficios que ofrecen estas unidades para quienes caracterizamos como “pacientes geriátricos”, un concepto que no es un simple sinónimo de edad avanzada, y la necesidad de unas “circunstancias ambientales” favorables, equipo multidisciplinar, buena sintonía con otras unidades y servicios del hospital, etc. Lograríamos así cumplir la doble función de mejorar la atención al paciente anciano con problemas más complejos y la de lograr una aplicación más eficiente de los recursos disponibles.

El problema del HGUGM que daba origen a aquellos comentarios parece en vías de solución merced a un método de eficacia contrastada y que suele ser tan útil como poco aplicado en el día a día, el diálogo entre las partes en litigio. En este caso, los responsables de la sanidad madrileña y quienes dirigen la geriatría en el propio centro, en el plano comunitario y a nivel estatal. 
Al hilo de esta buena voluntad contrastada por todas las partes, y en aras de mantener un diálogo constructivo ya iniciado y al que se han mostrado dispuestos tanto la administración sanitaria madrileña como las cabezas más visibles de la geriatría, me atrevería a sugerir que dicho hilo no se rompa y, puestos a ello, que se intente hacer realidad una vieja –y lógica- aspiración de todos quienes nos movemos en este mundo. Tomar las medidas adecuadas para que ninguno de los grandes hospitales de la Comunidad que aún no disponen de ello puede incorporar un servicio de geriatría en su organigrama asistencial. Estoy hablando del hospital “Doce de Octubre”, del de “La Princesa”, de “Puerta de Hierro”, de la “Fundación Jiménez Díaz” y del hospital de Alcalá de Henares. 

Algunos de estos centros cuentan ya en su plantilla con geriatras titulados trabajando -cabría decir de tapadillo-, más o menos camuflados en los servicios de urgencia o en medicina interna. En otros casos, como ocurre en el “Doce de Octubre” la aspiración viene de tan lejos como de hace alrededor de treinta años. En esa época, los responsables del INSALUD (aún no habían tenido lugar las transferencias sanitarias) decidieron introducir la geriatría en ese hospital e incluso se llegó a edificar para ello -con una dotación económica finalista- un pabellón específico que, hasta donde yo se, todavía es conocido como “el geriátrico”. Incluso se llegaron a convocar y ¡a cubrir! plazas de residentes de geriatría. Presiones internas y cambios en la gestión del centro impidieron que el proyecto saliera a flote.

Quizás ahora sea un buen momento para retomarlo. Los beneficios de incorporar esta medida en la planificación presente y futura de nuestros hospitales deberían suponer un compromiso de todos. Un beneficio cuyo alcance llegaría a una parte muy significativa de la población mayor a la que corresponde atender en cada uno de estos centros. Pero no sólo a ella. También a muchos de los profesionales de esos hospitales. Un ejemplo típico es el que representan los respectivos servicios de traumatología allá donde la geriatría ya funciona. La colaboración recíproca a través de las unidades llamadas de ortogeriatría se ha revelado en estos años como tremendamente positiva y ha beneficiado a pacientes, profesionales y centros. Tan es así que nadie quiere romperla y numerosos traumatólogos que prestan sus servicios en hospitales sin geriatría han reclamado repetidamente la posibilidad de incorporar esta colaboración No es el único ejemplo. Servicios como los de urgencia o los de cuidados paliativos, entre otros, han acreditado igualmente estas ventajas y podrían entrar en la misma lista. 

A mi juicio resulta absurdo y, sin lugar a dudas, negativo, mantener –seguir manteniendo- litigios competenciales entre disciplinas próximas. Son discusiones en muchos casos bizantinas que a nada conducen, salvo a reafirmar “torres de marfil”, con frecuencia a malgastar recursos, casi siempre a generar enfrentamientos inútiles y, más grave, a limitar las posibilidades de salud de uno de los segmentos de población más necesitado. Una importante ventaja adicional de introducirse en ese camino podría venir por la vía del contagio. Si la cosa funciona, y todos los datos de que se dispone apuntan en esa dirección, tal vez cunda el ejemplo y se sumen al carro hospitales y administraciones de otras latitudes donde el terreno apenas está desbrozado.

Dialogar y encontrar puntos comunes administración y profesionales siempre es bueno. Madrid podría ser un buen ejemplo. Así que, puestos a entendernos… ¡qué siga la fiesta!


Lunes, 7 de Noviembre 2016

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