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LA GRIPE NUESTRA DE CADA AÑO




José Manuel Ribera Casado. Catedrático Emérito de Geriatría de la Universidad Complutense de Madrid

Cuando estos comentarios vean la luz es muy probable que la epidemia de gripe del año actual esté superada, o, al menos, vencida ya en su parte más dura. En todo caso no me resisto a sumar algunos comentarios a los muchos que los medios de todo tipo, los de carácter general que han encabezado telediarios con este tema, y los puramente profesionales, están vertiendo de manera abundante y repetitiva por las fechas en las que me he puesto a escribir.
 

Yo también voy a ser algo reiterativo. Destacaré para empezar algunas evidencias conocidas que cada año se nos presentan poco menos que como novedades. En España la gripe llega en enero. Parece cosa de los Reyes Magos y los Reyes Magos nunca fallan. Cuando yo era estudiante ya ocurría así. Puede variar su inicio, semana atrás, semana adelante, pero siempre la encontramos cuando el frío se intensifica coincidiendo más o menos con el comienzo del año. La segunda obviedad es que siempre parece que nos toma desprevenidos. Llegados a ese punto se nos informa sobre poblaciones vulnerables, niños y ancianos por lo general, sobre la sobrecarga de los hospitales y de sus servicios de urgencia. Se dan cifras e imágenes de sobresaturación con camas en los pasillos. También se comentan las medidas especiales tomadas por la administración: supresión de la cirugía no urgente para una mayor disponibilidad de espacios, e incluso subcontratos temporales de trabajadores sanitarios para afrontar la situación con mayores garantías. Se nos cuentan las mutaciones que ha experimentado el virus ese año y se nos repite aquello de que los antibióticos no curan y hasta pueden estar contraindicados. Todo ello adobado con consejos más o menos adecuados.
 

Otra norma habitual es la que tiene que ver con el capítulo de las lamentaciones. Parece que su llegada siempre nos coge con el pie cambiado. Algo así como de sorpresa y nunca preparados suficientemente para afrontar algo conocido, repetido y previsible. Otra cantinela que escuchamos cada día y a la que nadie responde es la de que cómo es posible no haber tomado las medidas adecuadas. Los partidos políticos, asociaciones ciudadanas, sindicatos y administraciones reparten culpas según sus propios colores y casi nunca dirigidas a uno mismo.
 

Yo no tengo varitas mágicas ni me considero más experto que nadie para solucionar el problema, pero pienso que siempre se podrían hacer mejor algunas cosas. Apuntaré dos. La primera insistir más y más en la vacunación durante los meses de otoño. Hacerlo por todos los medios de educación sanitaria disponibles. Son muchos e infrautilizados. Dirigir la información a la población en general pero también al profesional sanitario. Vacunar no es definitivo pero resulta incuestionable la evidencia epidemiológica entre los vacunados en cuanto a la reducción de casos y su menor severidad cuando aparecen. 
 

Otras medidas, a mi juicio poco utilizadas, son las orientadas a limitar las visitas al hospital. Desde la óptica de la población en riesgo que representan las personas mayores frágiles, dependientes o no, se debería potenciar la atención en el medio residencial. Las personas mayores en España que viven en residencias se aproximan al medio millón. Son víctimas frecuentes de la infección gripal y es casi un automatismo su traslado inmediato ante la menor sospecha al servicio hospitalario de urgencia más próximo, donde contribuyen a su saturación, y determinan una proporción muy alta de ingresos que generan estancias habitualmente prolongadas.
 

Desde un punto de vista que podríamos calificar de instrumental creo que sería posible cambiar “chips mentales” y actitudes personales, para favorecer la permanencia de muchos de estos ancianos griposos en los propios centros. El mundo de las residencias cada vez es más profesional en cuanto a sus trabajadores y en sus infraestructuras de todo tipo. Especialmente en aquellas de un cierto tamaño, encuadradas en grupos empresariales específicos. Diagnosticar una gripe no es muy difícil. Tampoco tratarla con unas mínimas normas de cuidados que incluirían en cierto grado de aislamiento -siempre más fácil en la residencia que en un hospital- y unos fármacos, casi siempre de carácter sintomático, fácilmente accesibles y poco costosos. Se trata de una vía de actuación poco explotada y, probablemente extensible a otros problemas médicos que también cabría resolver en el ámbito residencial, simplemente con una mínima medicalización de la residencia y una mayor flexibilidad administrativa.
 

Todo lo anterior no excluye, sino todo lo contrario, las campañas de educación sanitaria y de sensibilización social. Quedan bastantes meses para la próxima epidemia, pero no estaría de más ir ya preparándonos para ello y evitar que el toro nos vuelva a sorprender en mitad de la plaza y sin capote. 



Lunes, 17 de Abril 2017

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