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Muchos caminos para aprender




José Manuel Ribera Casado. Catedrático Emérito de Geriatría de la Universidad Complutense de Madrid

Mis reflexiones de este mes se focalizan en cuestiones a las que se hace poco caso y que no suelen formar parte de las discusiones académicas tradicionales. Los programas curriculares de los grados sanitarios se cubren con temas de carácter doctrinal, que se suponen imprescindibles para llegar a ser un buen profesional en el ámbito correspondiente. Incluyen también enseñanzas prácticas regladas, cuyo cumplimiento es muy variable y, por lo general, difícil de completar en su conjunto. Me estoy refiriendo al pregrado de medicina, pero también a los de enfermería, fisioterapia, nutrición, trabajo social, terapia ocupacional, podología, e incluso psicología o farmacia. 

Por razones de difícil explicación existen asuntos de un interés indudable y con una enorme relevancia para los estudiantes de cualquiera de esas carreras en su ejercicio profesional posterior, que están ausentes en los planes de estudio. Un ejemplo típico de algo históricamente ignorado en la carrera de medicina, cuya omisión en los currículos se denuncia con poco éxito de tanto en cuanto, es el de las cuestiones relacionadas con el proceso de morir. No se prepara al estudiante para afrontar problemas relacionados con algo que, inevitablemente, va a encontrar y que genera tensión y torpeza, al menos en las primeras veces que se vive esa situación.

En un plano mucho menos trascendente, pero de gran interés en el día a día para muchos profesionales se sitúa todo lo referido al mundo de las residencias de ancianos; un nivel asistencial habitualmente considerado como de segunda fila por muchos profesionales y por la sociedad en general, pero que incorpora el manejo de varios cientos de miles de personas mayores con una enorme carga de trabajo sanitario y social. Los currículos de pregrado no hablan de ello. El aprendizaje de quienes ejercen en ese campo se lleva a cabo tarde, mal y sobre la marcha, con el agravante de que muchos de los conceptos aprendidos durante las carreras tienen una aplicabilidad nula en este contexto.

José Luis Tobaruela es un médico geriatra madrileño que ha vivido la mayor parte de sus más de treinta años de trayectoria profesional vinculado al mundo de las residencias de ancianos. En el interior de la “cocina” de los llamados centros sociosanitarios. Sobre ello versó su tesis doctoral presentada en la UCM. Lo ha hecho como médico clínico y también como gestor a diferentes niveles con responsabilidades directas en el funcionamiento de los centros. Junto a ello su experiencia incluye cargos en la junta directiva de la Sociedad Madrileña de Geriatría y Gerontología y, por temporadas, tareas docentes en alguna universidad madrileña.

En su plena madurez profesional acaba de publicar una novela policíaca ambientada en una residencia para personas mayores (*). Yo no voy a hacer una crítica literaria de la misma, ni evaluar sus eventuales méritos o deficiencias. Sólo quiero destacar un punto concreto que a mi juicio justifica estos comentarios. Cuando inicié su lectura me di cuenta de que, al margen de la intriga policial o de otros aspectos relacionados con el argumento, la narración supone una especie de libro de texto sobre lo que son estas instituciones, cuáles sus cometidos y sus métodos de trabajo, y, en general, sobre los supuestos teóricos de su funcionamiento. También un repaso de los problemas más comunes que pueden plantearse en el día a día en relación con los residentes ingresados.

Al hilo de ello pensé en los beneficios que supondría para muchos de los profesionales que deciden incorporarse a ese nivel asistencial, con frecuencia sin saber muy bien lo que les espera, una lectura de este tipo basada en la experiencia contrastada del autor. A mí, que nunca ejercí en una residencia pero que he mantenido frecuentes contactos directos con ese mundo, me ha descubierto cosas que ignoraba. Decidí que recomendar la lectura del libro a quienes por la razón que fuera van a ejercer en ese campo puede suponer una manera amena y efectiva de cubrir lagunas formativas. Las vías de aprendizaje son infinitas y, como es obvio, no se circunscriben sólo a la universidad. 

Otra de las reflexiones que me ha traído su lectura gira en torno a lo positivo que, tanto para uno mismo como para los demás, resulta el hecho de comunicar conocimientos y experiencias, cuando en plena madurez o, incluso ya en el periodo jubilar, uno va haciendo balance de su propia vida. Por ello, animaría a muchos compañeros, médicos o no, a seguir el ejemplo del Dr. Tobaruela, bien sea con formato de novela (muy difícil),  de memorias, de relatos breves o de simples comentarios. El mundo de la salud y el del anciano es rico en experiencias potencialmente útiles que no siempre vienen cubiertas por los programas que debemos superar en los años de estudiantes. No se trata de aspirar a un premio literario, pero muchos profesionales maduros, expertos en cualquiera de los infinitos campos que ofrecen tanto la medicina como otras profesiones afines tienen un potencial enorme de vivencias que transmitir. Hacerlo así, además de beneficios para quien recibe los mensajes, supone un ejercicio muy adecuado para proseguir en el camino de ese envejecimiento activo al que nos invita la OMS.   



Jueves, 15 de Febrero 2018

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