Dependencia y discapacidad - proveedores, residencias, sector sociosanitario,
Balance Sociosa Balance Sociosa

Síguenos en:
Facebook
Twitter
YouTube




Pacientes con demencia: ¿es deseable un diagnóstico precoz?




José Manuel Ribera Casado Catedrático Emérito de Geriatría de la Universidad Complutense de Madrid

Las demencias, en cualquiera de sus formas, continúan siendo una de las grandes plagas sanitarias y sociales del siglo XXI. Son también una fuente de dependencia muy importante y los costos económicos que generan desbordan cualquier presupuesto. En España, se estima que su prevalencia se aproxima al millón de casos, en proporción creciente según avanza la edad, y que cada uno de ellos consume en recursos médicos y, sobre todo, sociales alrededor de 30.000 euros al año. Pese a los ingentes esfuerzos de todo tipo de fundaciones públicas y privadas, de la industria farmacéutica, de las sociedades científicas y de las agrupaciones de pacientes, todavía estamos muy lejos de encontrar remedios satisfactorios y ni tan siquiera podemos contar con unas medidas preventivas definitivamente eficaces. 

Hace pocas fechas se discutían en un simposio celebrado en la Real Academia Nacional de Medicina, las eventuales ventajas para estos pacientes que podría suponer disponer de un diagnóstico precoz, en la fase preclínica de la enfermedad o incluso antes del inicio de la misma. La búsqueda de marcadores genéticos, biológicos o el empleo de las modernas técnicas de imagen son campos abiertos donde están teniendo lugar pequeños (o no tan pequeños) avances que ayudan a profundizar en la patogenia de la enfermedad, y que, eventualmente, podrían sentar algunas bases para establecer dianas terapéuticas positivas. 

En medicina conseguir un diagnóstico precoz de cualquier enfermedad ha representado siempre una aspiración de los profesionales. Las ventajas de ver cumplido este deseo van asociadas a su consecuencia más inmediata, disponer desde el inicio de medidas contrastadas que permitan intervenir a nivel terapéutico o mediante formas de prevención secundaria en orden a curar, retrasar la evolución, prevenir complicaciones o, al menos, paliar los efectos negativos del proceso en cuestión. Esto que nadie sería capaz de cuestionar se ha conseguido ya en muchas enfermedades crónicas como la diabetes o la hipertensión arterial. También, en el caso de algunos tumores como los de mama o próstata, en enfermedades derivadas de deficiencias de macro o micronutrientes y en un amplísimo grupo de problemas médicos de todo tipo. No es el caso de la mayor parte de las demencias, ante las cuales nuestros recursos terapéuticos apenas van más allá de unas posibilidades limitadas de control de algunas de sus manifestaciones y nunca alcanzan de manera eficaz el núcleo del problema.

Los defensores de la lucha por un diagnóstico lo más precoz posible aducen, sobre todo, dos tipos de argumentos. El primero, genérico, es común al resto de las situaciones de enfermedad. Partiría del principio de que cuanto antes logramos un diagnóstico antes estaremos en condiciones de afrontar un tratamiento efectivo. Si hoy ese tratamiento aún no existe, como ocurre con casi todas las demencias, cuando se logre tendremos identificados a los sujetos diana sobre los que habrá que actuar. El segundo, indirecto, se apoyaría en que la investigación en busca de unos marcadores diagnósticos válidos tiene como efecto secundario positivo el de ir avanzando en paralelo en el complejísimo mundo de lo que estas enfermedades representan desde el punto de vista etiopatogénico.

Yo me siento más próximo a quienes no ven las ventajas, a día de hoy, de luchar por un diagnóstico muy precoz, bien entendido que ello nunca debe ser interpretado como una razón para frenar la investigación sobre este problema en cualquiera de sus múltiples facetas. Al argumento obvio de que si no se puede hacer nada no parece que sea una prioridad adelantar el momento del diagnóstico, se unen otras razones que entrarían de lleno en el capítulo de la bioética.

Anunciar a una persona, o a su entorno lo que sería aún peor, que va a padecer una demencia en un plazo no definido, con todo lo que ese diagnóstico lleva consigo, supone estigmatizarla de por vida. Las consecuencias son bastante poco discutibles desde cualquier punto de vista que se contemple, personal, familiar, laboral, etc. También, evidentemente, en el terreno del sufrimiento psicológico, de la ansiedad o de la depresión. Incluso puede suponer en muchos casos una invitación indirecta al suicidio. La clave está en la falta de respuesta a las preguntas inmediatas, sobre todo a las dos más importantes, el cuándo ocurriría y, sobre todo, la eventual posibilidad de hacer algo para prevenir o, en su caso, curar ese fatalismo. Abre, además, un espacio no buscado pero igualmente obvio para que especuladores con escasos escrúpulos encuentren vías poco éticas para lucrarse a expensas del sufrimiento ajeno, algo de lo que ya existen algunas experiencias en este mismo campo. 

Todo ello hace que, en mi opinión, lo prioritario sea encontrar respuestas a los interrogantes apuntados y dejar para una segunda etapa la decisión acerca de cuál puede ser el momento mejor para establecer y comunicar el diagnóstico.  


Miércoles, 18 de Julio 2018

Nota




Nuevo comentario:
Twitter

Balance de la Dependencia no se hace responsable de las opiniones y comentarios
de sus lectores.

Lea las condiciones generales de uso completas AQUÍ.


En la misma sección...
< >

Jueves, 4 de Abril 2019 - 09:11 La dependencia ante el panorama electoral