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Pues resulta que sí protestamos




José Manuel Ribera Casado. Catedrático Emérito de Geriatría de la Universidad Complutense de Madrid

Comentaba yo en mi colaboración del mes pasado que la gente mayor somos poco dada a la protesta, pero que tampoco nos gusta que nos tomen por tontos. Destacaba que la carta que nos había enviado a todos y cada uno de los pensionistas nuestra querida e inefable ministra Dª Fátima Báñez en la que nos anunciaba de manera triunfal, a bombo y platillo, la subida de un 0,25 % en el monto de nuestra paga había dado lugar a una respuesta pública poco habitual entre el colectivo de “los mayores”. Pues resulta que calculé mal y parece que me quedé muy corto. En los días siguientes, una vez remitido mi escrito y ya con el periódico en proceso de impresión, pudimos comprobar durante varias semanas cómo el movimiento reivindicativo se extendía hasta alcanzar a todo el país. Las oleadas de jubilados manifestándose en las grandes ciudades españolas incluían a muchos cientos de miles de personas y se están repitiendo una y otra vez. Para mí una respuesta sorprendente por lo inusual y por su volumen. Una respuesta, en todo caso, ciertamente, muy deseable.
 

Resultó que los mayores nos hemos visto convertidos por una vez en un foco serio de atención para los medios de comunicación. Lo habitual es que sólo salgamos en los periódicos en el apartado de chascarrillos o en las necrológicas. En esta ocasión hemos desarrollado un protagonismo bastante poco frecuente. Cubrimos primeras páginas en los periódicos y fuimos noticia de portada en los telediarios. Quién lo iba a decir. Los efectos positivos más importantes de estas presencias mediáticas inesperadas e inusuales, han sido dos, al menos desde mi punto de vista. En primer lugar, sensibilizar a la sociedad –a nuestros conciudadanos– y a nosotros mismos acerca de un problema que de manera directa o indirecta nos concierne a todos. Junto a ello, lograr que el Gobierno haya tenido que retomar el tema y bajar a la arena, aunque lo haya hecho de mala gana y con vaguedades que, de momento, no auguran demasiados buenos resultados. 
 

Otra consecuencia indirecta pero que considero de gran interés es la toma de conciencia de nuestras propias posibilidades. Me parece significativo el hecho de que un colectivo como el nuestro, tradicionalmente poco dado a manifestarse, haya sido capaz de salir a la calle y montar una protesta de este calado. Se trata de una experiencia que muestra la fortaleza de aquellos a quienes se nos llama “clases pasivas”. Una experiencia que abre otras muchas puertas, fortalece la lucha contra la discriminación por edad y marca un posible camino en el campo de otras eventuales reivindicaciones. Las hay y muchas.
 

En este caso, los argumentos eran y son muy evidentes. Han sido comentados desde muy diferentes puntos de vista. Yo mismo exponía en mi colaboración anterior algunos de los de mayor peso. Son claros, están mayoritariamente aceptados y no los voy a repetir aquí. El problema viene a la hora de encontrar las soluciones más adecuadas. El paso previo para ello ya se ha dado. Se ha abierto el melón de los comentarios y sugerencias. Son ya muchos quienes a través de los medios de comunicación están aportando datos, ideas y posibles vías de acuerdo. En todo caso, es una discusión que compromete a todos. Deberán participar partidos políticos, sindicatos, expertos en el tema a nivel individual y, evidentemente, representantes cualificados del colectivo más directamente afectado, el de las personas mayores.
 

A partir de ahí habrá que llegar a acuerdos y tomar medidas concretas. Algunas de ellas ya se han ido apuntando a lo largo de estas semanas. Personalmente, echo en falta que apenas se hable de la posibilidad de retrasar la edad de jubilación. En todo caso cualesquiera que sean las medidas que se tomen deberán partir del principio fundamental de que la capacidad adquisitiva del colectivo debe mantenerse por encima de cualquier otra consideración. Además de ser una decisión acorde con la justicia, la experiencia de muchos años muestra de manera inequívoca que el principio de solidaridad funciona entre los mayores de una manera más transversal y, sobre todo, más universal que en colectivos más jóvenes, lo que no deja de ser un mecanismo informal a la hora de equilibrar y redistribuir cargas y responsabilidades económicas en el marco social y familiar.
 

Ahora se trata de no dejar enfriar la cuestión y evitar que la cosa quede en un conjunto de buenas palabras, intenciones confusas o en promesas más menos informales a largo plazo. Nosotros, los pensionistas, deberemos mantener clara la idea del sabio refrán que nos recuerda aquello de que “el que no llora no mama”. 



Jueves, 3 de Mayo 2018

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