Superada la intensa y agresiva fase inicial del Covid-19, mientras cabalgamos sobre los eventuales rebrotes que van a pareciendo en uno y otro sitio, la SEGG está elaborando un documento sobre los “Valores éticos en tiempo del Covid-19”. Uno de sus apartados se centra en el edadismo. Pienso que tiene interés reflexionar sobre algunas de las ideas con las que se está trabajando en este texto.

Las conductas edadistas representan un fenómeno totalmente instalado en nuestro ámbito de convivencia. He comentado en otros números de “Balance…” que este fenómeno penetra cualquier aspecto de la esfera social de convivencia, así como el mundo sanitario. A pesar de su universalidad cabe considerar al edadismo como un fenómeno oculto, toda vez que en la práctica apenas genera debates y menos aún eventuales propuestas de solución.

El fenómeno se magnifica cuando surge un estrés social como el que ha determinado la pandemia del Covid-19. Los recursos de intervención limitados y una lucha más o menos soterrada por acceder a ellos, facilitan la aparición de conductas poco solidarias, tipo “sálvese quien pueda”. Las personas de edad avanzada están en desventaja cuando el planteamiento se establece en términos competitivos. Se parte del supuesto de que una sociedad civilizada con normas legales y administrativas justas e igualitarias, y que respete los principios básicos de la bioética, pone a salvo –al menos en teoría- las consecuencias nefastas de este tipo de lacra social.

Las cifras, abrumadores, ofrecen pocas dudas acerca de que en el cómputo de fallecidos la parte del león corresponde a las personas mayores, especialmente a aquellas cuya situación social las convertía en más vulnerables como son las domiciliadas en las llamadas “residencias de ancianos”. Es evidente que el colectivo de más edad, tanto por las pérdidas fisiológicas acumuladas, como por ser los protagonistas mayoritarios de procesos crónicos e, incluso, por razones derivadas de su marco social de convivencia, tiene un umbral de riesgo que puede explicar, al menos en parte, que haya sido quien aporte una mayor proporción de víctimas.

Durante los meses más duros, el edadismo ha adquirido un protagonismo extraordinario. Se empezó por destacar, a través de todos los medios de comunicación, aquello de que “los que se mueren son los viejos”, sobre todo si, como suele ocurrir, son víctimas de enfermedades crónicas y presentan algún grado de dependencia. Además de una muestra inadmisible de edadismo y de falta de respeto hacia la edad, ese tipo de mensaje conlleva un error formidable en cuanto a estrategia. “Si los que mueren son los viejos que se preocupen ellos, no yo que aún no lo soy”.

Poco después surgió el tema de las residencias. Vimos y escuchamos en los medios de comunicación ejemplos tremendos de cómo la gente moría aislada, en un contexto objetivamente hostil, en el que las posibilidades de recibir una atención digna de tal nombre eran mucho más limitadas que las correspondientes a colectivos más jóvenes. Se ha debatido acerca de si se prohibió o no el traslado al hospital o el ingreso en unidades de cuidados intensivos en función de la edad o del hecho de vivir en residencias. Se niegue o no, esto ha pasado en un número de casos no despreciable. Como también ha ocurrido que los contenidos de carácter doctrinal establecidos en las consejerías de numerosas comunidades autónomas, e incluso en organismos potencialmente vinculados al mundo de la  bioética, siempre han reservado apartados o subapartados referidos a la edad, con reflexiones, en muchos casos, muy poco asumibles desde la perspectiva de la equidad.

El margen para la reflexión posterior es muy amplio, con numerosas preguntas de difícil respuesta. Nos corresponde como colectivo reflexionar sobre algunas de ellas. ¿En qué medida la edad puede o debe condicionar decisiones que afectan a la vida de los individuos? ¿Qué criterios deben prevalecer cuando las opciones positivas son limitadas y el número de demandantes muy amplio? ¿Qué actitud deben tomar los medios de comunicación, las administraciones e incluso los órganos generadores de doctrina? En el caso de las residencias: ¿cómo compatibilizar su carácter de hogar alternativo con un nivel de medicalización adecuado? Caben muchas más reflexiones y muchas más preguntas. El espacio condiciona que queden hoy en el aire y sólo aparezcan algunos de los problemas que, a juicio de quien esto firma, más se han puesto en evidencia durante estos meses aciagos.