A mi juicio, resulta sorprendente y casi obscena la insistencia de algunos críticos de la recién aprobada Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE) por contraponerla a los cuidados paliativos con la finalidad explícita de desacreditarla. Piden el retraso o la suspensión de la propia ley en tanto no se logre un avance sustancial en el desarrollo de estos últimos. Pienso que se trata de un intento por entorpecer la aplicación de la LORE por la vía de la incongruencia, apelando a la sensibilidad individual y confundiendo deliberadamente conceptos que nunca pueden considerarse contrapuestos. Llegan a solicitar que  el coste de la aplicación de la ley se destinase a potenciar el desarrollo de estas unidades, una razón que podría aplicarse, igualmente, para desviar fondos destinados a muchos fines, como entre otros, los asignados a la construcción de nuevos hospitales.  

El origen remoto de los cuidados paliativos se encuentra en los “hospices” británicos, creados por Cicely Saunders a partir de 1967. En 2010 la Organización Mundial de la Salud (OMS) los define como “una forma de aproximación al enfermo que hace primar la calidad de vida de pacientes y familias, se enfrenta a los problemas asociados con la enfermedad que amenaza la vida a través de la prevención y el alivio del sufrimiento mediante su identificación precoz, la valoración continua y el tratamiento del dolor y de los demás problemas físicos, psicosociales y espirituales”. Fundamenta esta definición en que “todas las personas tienen derecho a recibir cuidados de calidad durante sus enfermedades más serias y a dignificar su muerte liberándola de dolores insoportables y prestando atención a sus necesidades espirituales y religiosas”. Vemos que la OMS habla de aliviar el sufrimiento y de dignificar la muerte, las dos ideas más importantes que subyacen en el concepto de eutanasia.

Ni la eutanasia ni el suicidio asistido están relacionados con un menor uso de los cuidados paliativos. Durante 2017, el 81 % de las solicitudes aceptadas de eutanasia procedían de pacientes que habían recibido cuidados paliativos

Quiero reiterar que las unidades de cuidados paliativos y la atención que ofrecen es en España un derecho positivo recogido en la cartera de servicios de las consejerías de sanidad de las diferentes comunidades autónomas, y que su mayor o menor desarrollo lo establecen las propias CCAA en función de sus prioridades. Plantearlas como alternativa a la eutanasia representa un error conceptual  y, objetivamente, constituye un intento de desviación del problema de fondo

No son los cuidados paliativos ni su desarrollo lo que esta ley pone en cuestión. Son algunos problemas específicos que se pueden plantear tanto en esas unidades como en otros niveles asistenciales los que la LORE intentar abordar y resolver. El marco físico donde se plantea la eutanasia puede ser muy variado y abarca desde unidades hospitalarias especializadas como las ucis o las destinadas a la atención paliativa, hasta el propio domicilio del paciente, pasando por cualquier otro tipo de unidad o servicio hospitalario de menor complejidad o, con frecuencia, por las residencias para las personas mayores.

A este respecto, Isabel Alonso recoge en la revista DMD la experiencia belga, un país que, año tras año, aparece siempre entre los tres primeros de Europa en lo que a desarrollo de cuidados paliativos se refiere. La eutanasia es allí legal desde 2002. Parece que debe ser una buena referencia. Durante este tiempo, la evidencia ha mostrado que “ni la eutanasia ni el suicidio asistido están relacionados con un menor uso de los cuidados paliativos”. Es significativo que durante el año 2017 el 81 % de las solicitudes aceptadas de eutanasia procedían de pacientes que habían recibido con anterioridad cuidados paliativos y un 7 % de los procedimientos conducentes a su aplicación fueron llevados a cabo en el espacio físico de este tipo de unidades.

Se mire como se mire, oponer eutanasia y atención paliativa no deja de ser una falacia interesada. En el contexto que aquí se comenta este interés procede, fundamentalmente, de quienes desean entorpecer la aparición y el desarrollo de la LORE, sin que importen demasiado los medios y los argumentos utilizados para lograrlo. Bueno sería que esta energía se dedicara a luchar por conseguir una implantación mayor y una mejor dotación de estas unidades sin recurrir para ello a entorpecer una conquista social como el que, a mi juicio, representa haber podido avanzar en uno de los temas tabú que durante años y años ha castigado a la sociedad española.