Mayores, desigualdad y familia

Una de las consecuencias evidenciadas en el curso de esta pandemia sin fin en la que seguimos inmersos ha sido la de comprobar cómo los efectos más negativos de la misma han recaído no ya sólo sobre la población de más edad, sino que, incluso dentro de este colectivo, se han podido detectar diferencias significativas. A la hora de buscar marcadores en este terreno, uno de los más importantes es el que tiene que ver con el soporte social de que ha podido disponer cada individuo y específicamente aquel procedente de su entorno familiar más inmediato.

Viene esto a cuento de una breve reflexión publicada recientemente en el boletín oficial de la Sociedad Británica de Geriatría (BGS) (1). En ella se recogen y comentan algunos datos demográficos, para mí no demasiado conocidos, que suponen un elemento de juicio más a la hora de reflexionar y abordar el complejo tema de la atención a las personas mayores, sobre todo si estas se encuentran en situación de dependencia. El artículo pone el énfasis en el apoyo que representa poder contar con los hijos en esas circunstancias. El COVID-19 ha puesto de manifiesto la generosidad con la que han actuado muchos vecinos y amigos, pero, junto a ello, los autores destacan que este tipo de ayudas nunca suplen ni en calidad, ni en cantidad, ni en duración a lo largo del tiempo la que pueden ofrecer los familiares directos.

Es muy posible que la realidad británica no coincida exactamente con la española, aunque debe haber bastantes similitudes. También desconozco si en nuestro país se dispone de la información relativa al número y proporción de personas mayores sin hijos. Supongo que sí. El cualquier caso, la lectura me ha parecido de suficiente interés como para que, más allá de la simple curiosidad que se puede desprender de los datos ofertados, pueda ser compartida con los lectores habituales de Balance Sociosanitario.

En el Reino Unido viven 12 millones de personas mayores de 65 años. De ellas, alrededor de un millón, es decir, cerca del 10 % del total, nunca han tenido hijos. Se prevé que para 2030 el 20 %  de la población británica supere los 65 años –una proporción que, de acuerdo con los demógrafos, en España será algo más elevada- pero, junto a ello, durante esta década se va a duplicar el número de ancianos británicos sin hijos hasta alcanzar la cifra de dos millones de individuos.

El estudio señala que el 92 % del total de los cuidados informales requeridos por el colectivo de personas mayores en aquel país recae sobe la familia y, consecuentemente, no es remunerado ni supone ningún gasto para el erario público. Más aún, un 20 % de las personas con más de 85 años es atendido exclusivamente por sus hijos adultos sin ningún tipo de apoyo externo, formal o informal. Quizás el dato más llamativo, aunque a mi juicio no debiera sorprender demasiado, es que la proporción de sujetos mayores que no tienen hijos cuenta con un 25 % más de probabilidades de ser ingresada de forma permanente en una residencia.

Destaca también el artículo que este segmento de población es más vulnerable y padece en mayor medida problemas como la ansiedad, la depresión y el aislamiento social. Además, recibe unos tratamientos más inadecuados, está peor nutrida y es víctima preferente de abusos y malos tratos. Recurre también con mayor frecuencia a los servicios sanitarios, ingresa en residencias con edades inferiores a la media y tiene una menor esperanza de vida. Estas diferencias se mantienen incluso cuando la comparación se establece con población anciana cuyos hijos lo son de adopción.

Hasta aquí la información. La llamada de la BGS se centra por una parte en mostrar la desigualdad en cuanto a necesidades de ayudas programadas en el marco del colectivo de más edad. Por otra, pretende poner en marcha una campaña global que permita identificar a aquellos sujetos más carentes de apoyo en su entorno más inmediato y, consecuentemente, con mayores necesidades a la hora de poder encontrar unos soportes sociales directos y eficaces.

Interpreto que nuestra situación en España no debe ser muy diferente. Valgan estos comentaros para contribuir también en nuestro país a identificar como un elemento más de “sujeto en riesgo”, a aquellos compatriotas que, por las razones que fueren, han llegado sin hijos a la última parte de su vida. Unas personas que, además, son fácilmente víctimas de mitos y estereotipos muy antiguos y que, con frecuencia, están socialmente estigmatizados, sobre todo en el caso de las mujeres. Acercarnos a esta realidad puede ser una de las vías más eficaces para contribuir a superar una situación muy dramática para quienes la protagonizan.

 

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Collieson J.- Sgeing without children. BGS Newsletter. Nº 84. Marzo 2022. Pgs. 12-14