Sedación paliativa y eutanasia: otra vuelta a la tuerca en el juego interesado de las palabras

Sedación paliativa y eutanasia: otra vuelta a la tuerca en el juego interesado de las palabras

El pasado 21 de julio tuvo lugar en Madrid la presentación de una “Guía de sedación paliativa”, promovida por el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos. Se trata de un texto interesante y muy útil destinado a “servir de pauta para la buena praxis y para la correcta aplicación de la sedación paliativa”. Bienvenida sea cualquier iniciativa en este terreno y más si como se pretende de forma explícita en este caso el objetivo final es evitar sufrimientos al paciente y proporcionar herramientas al profesional para conseguir este loable objetivo de la manera más adecuada posible.

Mis comentarios no afectan al contenido de la guía. Van por el campo de la semántica en unos momentos en los que la aprobación de la LORE y su entrada en vigor ha levantado y levanta encendidas polémicas, más o menos razonables en casi todos los casos, pero con un alto grado de hipocresía –consciente o no- en algunos otros. El lenguaje nunca es inocente y en estos temas se hila muy fino, tanto que en ocasiones esa sentencia española que habla de “rizar el rizo” puede llegar a adquirir una aplicación absoluta. No voy a criticar la guía, ya he dicho que me aparece positiva y oportuna, pero sí voy a utilizarla como referencia de lo que acabo de señalar.

Para empezar se habla de “sedación paliativa”. Puede ser una denominación correcta en tanto que busca una expresión más digerible o, como se dice ahora, más políticamente correcta, pero conviene tener claro que inicialmente y durante mucho tiempo se ha venido utilizando la expresión “sedación terminal”, más clara y acorde con lo que se pretende. La expresión sedación paliativa no deja de ser una redundancia. Lo de “paliativo” ya va incluido en la palabra “sedación”. Sedar a alguien siempre busca “paliar” algún tipo de problema o de sufrimiento. Lo de terminal, la denominación original y más utilizada, añade una información temporal que en la mayoría de los casos resulta más ajustada a la realidad, ya que supone el condicionante definitivo (la razón de ser) de esta forma de actuar. Bien está adoptar el título que han elegido los redactores de la guía. Bien está si con ello no se pretende camuflar o esconder el problema que, en definitiva, condiciona esta forma de sedación.

El segundo comentario, recogido de la intervención del Dr. Marcos Gómez Sancho, coordinador de la edición, y participante en la presentación, tiene que ver con la huida expresa de la estigmatizada palabra “eutanasia”. Algo cabría barruntar cuando se acude a aquello conocido como “excusatio non petita”. Nos dice el Dr. Gómez que “la sedación paliativa y la eutanasia están separadas por una línea muy fina pero, a la vez, muy nítida”. La intención de la primera sería “aliviar el sufrimiento, mientras que la de la eutanasia es acabar con la vida”.   

Curiosa y sorprendente interpretación la del Dr. Gómez Sancho, un acreditado experto en la materia. La eutanasia nació, se desarrolló en todo el mundo y así aparece explícitamente en cualquier definición de la misma, como una vía última a la que acudir, cuando se han agotado todas las demás, para aliviar sufrimientos extremos e irreversibles.  Decir sin más que la intención de la eutanasia es acabar con la vida es una simplificación inaceptable, ofensiva para un colectivo muy numeroso de personas y que, aparte de evidentes consecuencia penales y morales para los implicados, contribuye maliciosamente a sembrar confusión.

También resulta aventurado y alejado de la realidad afirmar que la sedación paliativa “no acorta la vida del enfermo”. No es ésta la realidad en la inmensa mayoría de los casos, con independencia de cuál sea la voluntad del prescriptor. Buena parte de las medidas farmacológicas a las que se recurre para sedar tienen efectos a nivel central  y determinan como consecuencia secundaria no deseada pero real un fallecimiento más precoz que el que hubiera tenido lugar en el caso de no haber actuado. Esto es lo que desde hace más de medio siglo se conoce como principio del doble efecto y, guste o no, representa una forma de eutanasia.

Considero muy positivo que el CGCOM elabore guías que sean de ayuda para pacientes y profesionales. No tanto que al presentarlas a la opinión pública se busquen interpretaciones innecesarias, alejadas de la realidad, y que no hacen sino añadir leña al fuego en un terreno ya de por sí bastante caliente.