Hace unos días, en Salamanca, cuna de nuestras universidades, le dio por pensar a un distinguido fiscal. Funesta manía esa de pensar, señaló alguien en Cervera un par de siglos antes. El caso es que a nuestro fiscal se le debió encender una lucecita y alumbró una idea auténticamente luminosa. “Pongamos una M (de “Mayor”) en todos aquellos coches cuyos conductores hayan superado los 70 años”. El hombre, tan contento él, debió seguir con su proceso mental y encontró una justificación clara y evidente: “De esta manera, los demás conductores podrán identificar el peligro, alejarlo y evitar el riesgo que representa dejar circular a este colectivo de irresponsables”. Siguió discurriendo y halló otro argumento: “No se trata de una medida fuera de lugar, sino de algo con eficacia ya contrastada en el caso de los conductores noveles, quienes están obligados a lucir una L en su vehículo”. ¡Bingo! Brillante pensamiento, merecedor de un reconocimiento personal y de un premio al más alto nivel. Menos mal que, al parecer, los organismos implicados, desde la Dirección General de Tráfico hasta sus propios colegas, no se han tomado muy en serio la sugerencia.

La idea de este caballero, cuyo “curriculum” previo desconozco, pero que debe ser de altísima calidad, no es excesivamente original. Cada cierto tiempo surge algún mesías clamando contra los conductores añosos, especialmente cuando la prensa informa que alguno se ha visto envuelto en un accidente. Las sugerencias van desde no renovar el carnet a partir de cierta edad (no hay acuerdo sobre cuál sería el punto de corte), hasta limitar las distancias recorridas o las velocidades autorizadas, amén de endurecer como se merecen esos insensatos las sanciones correspondientes en caso de infracción.

Es evidente que según envejecemos vamos perdiendo facultades físicas y mentales. También, que la variabilidad individual a este respecto es enorme tanto a la hora de cuantificar las pérdidas como en lo referente a la cadencia con la que estas se producen. Sin embargo, a nadie se prohíbe por razón de edad jugar al tenis, nadar, andar por el monte ni, con un ejemplo más próximo al automóvil, montar en bicicleta. Los mayores son con mucha más frecuencia víctimas de atropellos en su condición de peatones que no responsables de los mismos. ¿Considera el Sr. Fiscal que no se debería dejar salir a nadie a la calle después de los 70 años para evitar el riesgo de ser atropellado?

  • Si las evaluaciones médicas a la hora de renovar el carnet son positivas no hay razón alguna para estigmatizar en base a la edad a una persona funcionalmente sana y que viene conduciendo desde hace muchas décadas

Las estadísticas dicen que a medida que aumenta la edad, la tendencia es a conducir menos, hacerlo más despacio, reducir la distancia en los recorridos, limitar la conducción nocturna e insistir en trayectos conocidos. Suelen ser gente con muchos años de experiencia y respetuosos con las reglas de tráfico. Cuando se les compara con la población más joven se observa una clara disminución de factores de riesgo bien conocidos, como conducir con tasas de alcohol elevadas, fumando, con música a tope o utilizando el teléfono móvil. Son datos contrastados que ayudan a explicar la menor incidencia de accidentes en este grupo etario.

La propuesta que comento es edadista. Discrimina en función de la edad, algo que va contra cualquier norma de máximo rango en España y en Europa como debiera saber el ilustre jurista salamantino. Atenta contra la dignidad de la persona mayor y fomenta la gerontofobia. Sobre edad y conducción existe una literatura muy abundante. La Sociedad Británica de Geriatría publicó hace pocos años una revisión extensa, donde, junto a una amplísima bibliografía con más de cien referencias al respecto, se analizan en detalle un buen número de situaciones frontera centradas en los riesgos que pudiera representar un conductor mayor con determinados problemas de salud. Sugiere vías de actuación y ofrece recomendaciones en forma de guías para evaluar riesgos y tomar decisiones. No es el único organismo que ha profundizado sobre esta cuestión y establecido protocolos ajustados a la evidencia científica y al sentido común.

Quizás, en esta línea, lo más importante sea potenciar la calidad de las evaluaciones médicas a la hora de renovar el carnet, tal vez acortando más los plazos actuales de revisión según se envejece. Pero si estas valoraciones son positivas no hay razón alguna para estigmatizar en base a la edad a una persona funcionalmente sana y que viene conduciendo desde hace muchas décadas. Las normas deben ser iguales para todos los ciudadanos. La propuesta de nuestro inefable fiscal, además de constituir una arbitrariedad y una forma de discriminación por edad en ninguna medida justificable, representa un atentado gratuito e inadmisible contra la calidad de vida, contra la dignidad y hasta contra el grado de autonomía (independencia) de la persona a la que se castiga.