«El Covid nos ha puesto de cara a la sociedad y de cara a la pared»

Por José Luis Pareja. Antropólogo y director de la Residencia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Santa Fe (Granada).

Los centros residenciales seguimos estando aquí. Nunca hemos dejado de estarlo. En realidad siempre, desde hace ya muchos años, hemos estado intentando dar lo mejor de nosotros mismos para cuidar a nuestros residentes, que no usuarios, como más de un desconocedor de lo que somos y hacemos se empeña en nombrarlos.

El Covid-19 ha sido, mira tú por dónde, quien nos ha puesto de cara a la sociedad y quien, de paso, nos ha puesto de cara a la pared. Y nos ha dejado señalados y castigados por tener la cara más dura que el mármol, por ser unos mercantilistas y unos usureros sin escrúpulos del cuidado, de la entrega profesional y personal y por no tener ni el más mínimo miramiento por estas
personas tan frágiles como vulnerables.

El COVID, los políticos y más de un iluminado, que, sin tener ni idea, se han dedicado a hablar mucho, regular normativamente bastante mal y, por ende, enfrentarnos a una sociedad que ha sentido vergüenza ajena por la existencia de estos campos de
concentración en los que han padecido, sufrido y fallecido miles de seres humanos con la única y desgraciada coincidencia de poseer como casi único patrimonio una edad avanzada.

Que en pleno siglo XXI los centros residenciales sean los grandes desconocidos, los lugares vergonzantes en los que esconder a los viejos, espacios carentes de recursos materiales y personales, en definitiva el último lugar al que acudir llegado el último tramo de una VIDA entregada a la familia, a los amigos, al trabajo, a los vecinos, al pueblo…. No dejar de ser una cruel caricatura, una absurda pantomima, de lo que en realidad late dentro de ellos.

Porque quizás -y de esto no tiene la culpa el COVID- los que más alzan la voz y lanzan proclamas a diestro y siniestro son los que debieran acercarse y traspasar las puertas de lo que se pretende, de lo que pretendemos con ilusión y con más de un hematoma en el sentimiento -y ya es complicado el reto-: intentar construir cada día un hogar para estas personas a las que “tanto debemos” como dicen en sus discursos demagógicos. 

Hablan y hablan y entonces demuestran que no tienen cara, ni valentía para reconocer las incongruencias que intentan revertir en los que estamos a este lado de la trinchera. ¿Cuál es el coste de una atención continua a unas personas vulnerables, que precisan de una dedicación las 24 horas que dura un día? El amor ya lo ponemos nosotros encantados.

¿Están dispuestos a solventarlo? ¿Quién lo paga? ¿Cómo es posible que estos salvapatrias sean los mismos que se llevan al personal que atiende a nuestros residentes a otros recursos (hospitales, centro de salud…), dejándolos desprovistos de las atenciones sanitarias necesarias? ¿Cómo competir contra un sistema de Salud que minusvalora la labor de esos profesionales a los que sin pudor en diferentes oleadas -la del verano no falla- llama para lavar la cara de las carencias de toda una sociedad? ¿A qué esperan para decirnos si después de siete meses vacunados hay que volver a vacunar o pueden nuestros residentes llevar una vida lo más normalizada posible? ¿Cómo no vuelven la cara de vergüenza cuando los derechos de estas personas cotizan de manera diferente en función de la comunidad autónoma a la que pertenecen? No hay nada más osado que hablar desde el desconocimiento. Y, además, creerse lo que sabe que es incierto.