Cuando se habla de la segunda oleada de esta pandemia tras el verano, muchos olvidan que en los centros residenciales, desde el mes de marzo, se está prácticamente en estado de alarma por parte de sus trabajadores. Poco ha cambiado desde entonces: mismos protocolos de entrada, salida, mascarillas durante eternos turnos de siete u ocho horas, gel hidroalcohólico de continuo, y un día y otro… y una semana… y un mes y otro mes,  y lo que aún queda.

Y seguimos hablando de nuestros residentes, los primeros a los que aplicar todas las medidas restrictivas, pero los últimos a la hora de priorizar sus necesidades y cuidados y derechos, sí, derechos.

Esta pandemia, en su primera oleada, pisoteó y pulverizó sus derechos, vulneró su dignidad y nadie -ni políticos ni autoridades sanitarias- han venido, no ya a pedir perdón, sino al menos, a rendir una disculpa mediante la visita a estos centros. Bueno, han venido, curiosamente, a culpabilizar a quienes los cuidan e intentan dar lo mejor de sí mismos en una situación verdaderamente dramática y estresante. ¡Qué no tengas la mala suerte de tener un positivo, porque entonces, y solo entonces, los que nada saben del amor y atención hacia nuestros residentes serán los que enarbolarán la bandera de la Inquisición del siglo XXI!

Los sabios del lugar vienen a decir que con una llamada mediante móvil o tablet a sus familias -¿ve bien, oye bien, o reconoce por su deterioro cognitivo el residente a quién está al otro lado?- o con cuatro ejercicios y dos talleres, la situación está controlada. Y no solo lo dicen, sino que lo hacen ley. Aún no se han dado cuenta -prefiero pensar eso, a creer que su tozudez les impida saberlo- que el día a día de nuestros residentes requiere, simplemente, normalidad. Normalidad para poder recibir visitas -qué triste espectáculo ver a las familias saludar desde un cristal como si nuestros residentes fueran maniquíes vivos en un escaparte-, normalidad para poder relacionarse sin cortapisas, sin distancias absurdas, normalidad, en definitiva, para que sus vidas sean lo más normales posible que es lo que realmente necesitan.

Nada, no se enteran. Han tardado meses en darse cuenta de la importancia de PCR a residentes y trabajadores, y aún no han tenido tiempo de sentarse, tras otros tantos meses que llevamos con esto, para buscar y adecuar espacios en los que poder trasladar a los residentes que sean positivos. Espacios, quiero decir, residenciales o muy semejantes a donde viven. Muchos iluminados ven “pacientes”, y por eso los tratan como pacientes que son, y que tienen que padecer sus denigrantes normas: si es positivo, recluido en habitación, y si hay que “sacar” a toda un ala para evitar contagios y trasladarlos a otras habitaciones se hace. Y si tiene un trastorno de ansiedad o no deja de deambular, sujeción.

Y aquí seguimos en la trinchera con una segunda oleada, que para nosotros sigue siendo la primera. Y viendo como, cada día, nuestros residentes están más tristes, más perdidos. Quizás sin COVID-19, pero con la mirada puesta en ningún lugar. Hay familias que llevan meses sin tocar a su madre o a su padre. Quizás no muera por el virus, pero sí puede ser que fallezca por las múltiples causas por las que uno se muere de toda la vida de Dios. Y morirá sin haber sentido a menos de la distancia de protección, aquella en donde una persona mayor quizá vea u oiga, pero seguro sí sienta la piel y el palpitar de quien la ama.

 

José Luis Pareja. Antropólogo y director de la Residencia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Santa Fe (Granada).