Creíamos que la pandemia pasaría pronto cuando nos confinamos. Fue el 14 de marzo y estábamos a punto de estrenar la primavera… Pero el encierro se extendió hasta el 21 de junio, justo cuando comenzaba el verano.

Empezó ahí una desescalada rodeada de buenos augurios: de afectarnos una segunda oleada, esta llegaría con el invierno y… ¡estábamos preparados para afrontarla; habíamos aprendido mucho!

Era el momento de aplicar con diligencia lo que las trágicas experiencias de marzo/abril para las personas mayores nos habían enseñado: entre otras, había que dotar a nuestros sistemas sociales y sanitarios de recursos técnicos y, sobre todo, humanos, enflaquecidos por los drásticos recortes de los últimos años.

Pero cuando comenzaron a caer las primeras hojas otoñales, cayeron las esperanzas de la población. No era cierto que habíamos aprendido.  Lo que primero fueron brotes aislados, se van extendiendo por toda la Península, salvo pequeños reductos como las Islas Canarias.

Ahora que la segunda ola ya se nos metió en casa, seguimos con unos equipos de Atención Primaria insuficientes, agotados y diezmados por los contagios. Lo mismo cabe decir de las contrataciones que se iban a hacer y no se hicieron de rastreadores y profesionales del cuidado en domicilios y en residencias. En definitiva, el verano, un tiempo perdido para desarrollar las actuaciones necesarias. Entre ellas, lograr un acuerdo de Estado para arremangarse todos juntos y no hacer de esta epidemia objeto de enfrentamientos políticos.

Las personas mayores, en otoño lo mismo que en primavera, parece que continuarán siendo las más perjudicadas de la crisis. La mayoría de las que están en las residencias continúan confinadas; para ellas, no ha existido la desescalada.

Son raros los lugares en los que “se ha permitido” que salgan a la calle, igual que hacemos el resto de la población. ¿Se ha acordado con ellas cómo protegerse?, ¿por qué se les continúa infantilizando?, ¿por qué se vuelve a un trato paternalista y se olvida que las personas mayores son “sujetos” y no “objetos” de la intervención sociosanitaria?

Muchas de las personas que viven en sus domicilios y ya se sentían solas antes de esta crisis, ahora lo están todavía más: han reducido sus contactos, apenas salen a la calle, las dolencias y enfermedades crónicas que muchas padecen se han agudizado por falta de seguimiento médico, de ejercicio y del aliento cercano de sus seres queridos. ¿Por qué continúan cerrados los centros sociales de mayores, que actúan como un bálsamo contra la soledad y la prevención de la salud? Existen medidas protectoras para poder abrirlos con seguridad. Entretanto, muchas de las personas mayores viven con el miedo metido en el cuerpo, porque han interiorizado que ellas son focos de contagio.

Una pandemia amplifica y aumenta todas las desigualdades y discriminaciones. La COVID-19 ha tenido un impacto mucho más dramático entre las personas mayores que en el resto de la población, y ello requiere respuestas perentorias a nivel estatal, autonómico y local que resuelva tantas carencias antiguas que se han agudizado ahora.

Pero esas respuestas serán insuficientes si no se analizan y se tienen en cuenta las formas y razones que han incrementado la discriminación hacia las personas de más edad. ¿Elegiremos repetir el pasado u optaremos por actuaciones que reconstruyan y transformen las políticas sociales de manera más equitativa, inclusiva y resistente?

Todo parece indicar que las Navidades de este fatídico 2020 las celebraremos en pequeñísimos grupos y guardando una distancia física que, finalmente, sí se está convirtiendo en distancia social, pese a las advertencias de la OMS.

Ojalá reaccionemos a tiempo y quienes tienen el poder decisorio sigan el ejemplo de tantos profesionales que cada día (y ya son demasiados) se desviven por mantener la vida y la dignidad de las personas mayores.   

Por Pilar Rodríguez Rodríguez
Presidenta de la Fundación Pilares para la Autonomía Personal