El inexorable paso del tiempo, un modelo desarrollista eminentemente urbano y un poco de ayuda tal vez inconsciente, nos han llevado y traído hasta la situación que actualmente vivimos en las zonas rurales. Paradójicamente, causa y respuesta caminan juntas, haciendo que los dos mismos guerreros, paciencia y tiempo, se conviertan ahora en las mejores herramientas para afrontar el reto demográfico, la despoblación y la lucha contra la soledad no deseada.

Vivimos rodeados de dudas, la pandemia ha llenado de incertidumbres las calles de los pueblos, nos conducimos con demasiada prudencia en nuestra relación de vecindad, acudimos al recuerdo para encontrar soluciones que antes se antojaban de respuesta fácil, para no violentar nada ni a nadie. La tradición y la confianza, antes piezas angulares, permanecen intactas, pero se usan con mucha prudencia, en general, nos obligamos a ser respetuosos los unos con los otros, tanto como aquellos moradores que sin estar unidos por lazos familiares, en tiempos no tan lejanos, compartían la misma casa.

La política de bienestar entendida como un derecho subjetivo aun no ha calado lo suficiente en el mundo rural y los problemas sociales, generalmente, sólo se abordan cuando ya están encima, como si esperásemos hasta el final para pedir ayuda, obligándonos a buscar respuestas rápidas allí donde el tiempo corre más lento, en un mundo muy encorsetado por unas normas que pierden el tren en cada estación, que casi siempre van por detrás de la demanda social. Los cuidados de larga duración, la atención centrada en la persona, la permanencia en el entorno, la austeridad en el gasto, el compromiso con las respuestas y una buena dosis de lo que ahora llamamos resiliencia, junto con el preponderante papel de los cuidados familiares, han sido siempre parte esencial de la cultura de los pueblos.

Son esas mismas localidades menores de 500 habitantes, que suponen el 45% de los municipios de la provincia de Cáceres, pero que apenas acogen al 11% de la población, 30.000 personas que se ven obligadas a defender su posición, a responder con sacrificio ante la falta de oportunidades laborales para las personas más jóvenes, a esperar la oportunidad que no llega y a terminar marchándose a la cabecera de la comarca para resistir un poco más, para alargar una espera que en demasiadas ocasiones se disfraza de ilusión pasajera, para acabar sembrando el desaliento cuando ya las soluciones son aún más difíciles, cuando se agotan los tiempos esperando siempre la respuesta que no llega.

El mundo rural vive orgulloso de serlo, por decisión propia, sabedores de su calidad de vida, pero necesita una mirada que lo entienda, una administración que lo arrope y una sociedad que sepa reconocer su contribución permanente, su entrega y sacrificio para que todos sigamos caminando, aun cuando la carga más pesada siempre caiga del mismo lado. Trabajemos juntos, contribuyamos a crear y mantener una sociedad y un territorio comprometido con las personas mayores, donde vivir sea y resulte sencillamente más amable.

 

Constancio Rodríguez.

Presidente de la Asociación Amigos de Pescueza.