Debido a la gravedad de la situación, esta pandemia por el COVID-19 ha ocasionado un parón en la atención a los pacientes crónicos. El miedo al contagio ha provocado la suspensión de muchas terapias en todos los ámbitos sanitarios (hospital, centros de salud, centros privados y atención a domicilio), incluso el retraso del diagnóstico de enfermedades graves como los ictus o los infartos. Desde las asociaciones de pacientes subrayan el brutal impacto que esta crisis está dejando también en la salud física y emocional de las personas con enfermedades crónicas, y solicitan más información y atención a estos colectivos vulnerables que necesitan retomar su atención sanitaria.

En esta crisis sanitaria, los pacientes crónicos se han visto afectados nos solo por la mayor probabilidad de contagio y peor pronóstico frente al coronavirus, sino también por la “desatención” de las necesidades que exigen sus patologías. El dilema estaba servido. Como medidas para prevenir el contagio, se han suspendido las intervenciones terapéuticas, rehabilitación, realización de pruebas y diagnósticos en todos los niveles asistenciales, desde Atención Primaria a especializada, incluidos los centros privados y asociaciones de pacientes. El colapso del sistema sanitario, el desconocimiento sobre cómo enfrentarse a la nueva situación, la incertidumbre ante lo que podía suceder y la falta de medios para atender con seguridad ha generado que las terapias se retrasen, en la mayor parte de los casos. O se reduzcan a un seguimiento telefónico o por videollamada, cuando las circunstancias (estado del paciente, medios técnicos, disposición de los familiares) lo han permitido.

El doctor José Luis Baquero Úbeda, director y coordinador científico del Foro Español de Pacientes (FEP), confirma que el paciente crónico, en general, es una persona con mayor riesgo de contraer el COVID-19 y, por eso, en estos casos, se unen dos aspectos de gran importancia en su atención: protegerlos del contagio y no desatender su enfermedad de base.

No obstante, en esta situación de alarma inesperada, “el Sistema Nacional de Salud (SNS) no estaba preparado, lo que ha conllevado la anulación de las consultas programadas y terapias complementarias, y ha provocado un empeoramiento en la enfermedad de base, especialmente a ciertos pacientes crónicos”, asegura el doctor Baquero.

La presidenta de la Plataforma de Organizaciones de Pacientes (POP), Carina Escobar, está de acuerdo en que las duras semanas de confinamiento han empeorado, en muchos casos, la salud de personas con cronicidad: “El impacto del confinamiento y la inseguridad generada por la infección por COVID-19 está influyendo en los pacientes crónicos. Las consecuencias que el retraso de terapias, pruebas, analíticas, tratamientos, cirugías, colonoscopias, etc. tendrá en la salud es preocupante”.

Cómo ha afectado a los pacientes

Un ejemplo importante lo han protagonizado los pacientes de ictus. A finales de abril, los neurorradiólogos intervencionistas alertaban de un descenso drástico de las consultas por ictus en urgencias. El accidente cerebrovascular es el principal motivo de discapacidad en el adulto y la primera causa de muerte en mujeres y la tercera en hombres. Estos especialistas observaron que, desde que se decretó el Estado de Alarma, el número de consultas por ictus isquémico agudo disminuyó de manera drástica, hasta un 50 %. Entre los motivos principales por lo que no acudían o acudían tarde se encontraban: el colapso de los servicios de emergencias extrahospitalarias, el temor de los pacientes a contagiarse de COVID-19 al acudir a los hospitales y los factores relacionados con el cambio del estilo de vida que supone el confinamiento. Por eso, advirtieron de que sufrir un accidente cerebrovascular puede causar daños irreversibles en la persona afectada, en el caso de no detectarse a tiempo. También aclararon que el colapso del sistema sanitario no afecta a las unidades de atención al ictus por la importancia que tiene una detección y tratamiento precoz para prevenir secuelas como discapacidad severa y mortalidad. Y subrayaron que las urgencias donde se atienden accidentes cerebrovasculares están aisladas de los casos de COVID-19.

Esto en cuanto a su detección, pero los pacientes que ya había sufrido un ictus tampoco han podido continuar con su rehabilitación y terapia, a pesar de que la tardanza en la recepción del tratamiento en la primera fase de la enfermedad empeora el desarrollo de la enfermedad causando un gran impacto en los pacientes.

Algo parecido ha sucedido con los infartos. Desde la Sociedad Española de Cardiología (SEC) se han publicado datos que reflejan que, durante la pandemia, se ha producido una disminución de la atención en el infarto en un 40 %.

Los especialistas recalcan la importancia de tratar de manera precoz el infarto, también en el estado actual porque es una patología con alta mortalidad, mayor que la infección por coronavirus.

La rehabilitación también es fundamental en otros casos. Sin ir más lejos, “para un paciente con espasticidad (síntoma común en pacientes con ictus, esclerosis múltiple y lesiones traumáticas cerebrales y de la médula espinal), la fisioterapia es tan esencial como el resto del tratamiento, pudiendo perder parte de su ya mermada capacidad motora y produciéndole enormes dolores”, indica el coordinador científico de FEP. Del mismo, la logopedia es clave para los pacientes con problemas respiratorios, de habla o de disfagia y la terapia ocupacional para mantener la autonomía personal en las actividades básicas de la vida diaria (ABVD).

Sin embargo, este  tipo de terapias, no solo se han suspendido en los hospitales o centros privados, también se han visto afectadas las acciones promovidas desde las organizaciones de pacientes.

Desde la Fundación Luzón. Unidos contra el ELA, aseguraban que más del 70 % de los enfermos de ELA en España no están recibiendo los cuidados para atender sus necesidades: “La epidemia del COVID-19 ha venido a agravar las dificultades diarias de los enfermos de ELA. No solo son un colectivo especialmente sensible a cualquier enfermedad que se pueda manifestar con una infección respiratoria ─el proceso degenerativo de la enfermedad afecta de manera especial a la musculatura respiratoria─ además, han visto cómo se suspendían sus terapias y se reducía al mínimo la atención domiciliaria”.

La Confederación Española de Alzheimer (Ceafa) también pone de manifiesto el trastorno que esta crisis sanitaria ha tenido para las personas con alzhéimer: “El confinamiento ha supuesto la ruptura instantánea de una rutina perfectamente asumida y asimilada por el paciente con demencia”. Por supuesto, son conscientes de que el confinamiento domiciliario “ha podido servir de barrera al contagio del COVID-19, pero, por el contrario, ha acelerado la evolución de la demencia, con lo que se han perdido años de calidad de vida en tan solo dos meses”. De ahí, que consideran fundamental que aquellas asociaciones que estén en disposición de hacerlo, puedan reabrir lo antes posible sus recursos, como manera de paliar la situación de deterioro incrementado que presentan la práctica totalidad de las personas con demencia.